domingo, 30 de octubre de 2016

Mi otoño, mis lugares, mis encuentros.

Aunque lo que me esperaba en la ciudad de mi infancia me apetecía mucho, no me quería ir de Sevilla, la ciudad que me había acogido con tantísima calidez y en tan poco tiempo: eran los últimos días de septiembre y tocaba viajar a Barcelona y disfrutar de los últimos días de las Fiestas de la Mercè. 



El esfuerzo valió la pena, disfruté mucho de la ciudad; Barcelona, tanto a finales de septiembre como durante abril y mayo, es una maravilla. En la ciudad condal di interminables paseos y tuve largas y bonitas charlas; me reencontré con personas maravillosas y comí delicioso, con especial mención a Samsara, donde siempre es un placer volver a por sus bravas de boniato con pesto, y a mi último descubrimiento: Can Bigotis.

Me escapé a Girona y a Cadaqués, lugares donde volver es, siempre, una caricia al alma. El atardecer en Cadaqués es un placer impagable y un rencuentro con cada momento que he pasado allí

Cadaqués sin filtros

Después de un par de días en Tarragona me fui hacia Madrid, donde solo iba a pasar algunas horas de las que aproveché cada segundo. 
Después de pasar una noche mágica en Toledo volví, por fin, a tierras andaluzas. Se nota cuando llegas a Andalucía, la alegría del sur es innegable. Pasé dos días en Córdoba y como jugaba en casa, llevé a mis invitados a la Taberna del Río: creo que ninguno de los cuatro olvidaremos esa cena.
En el camino de Córdoba a Sevilla paré en el Castillo de Almodóvar del Río. Se trata de un castillo de origen musulmán empezado a construirse en el año 740 que tuvo la suerte de toparse con un personaje muy singular como lo fue el Conde de Torralva, quien entre mediados del siglo XIX y principios del XX decidió restaurarlo por completo, invirtiendo en ello toda su fortuna y su vida. El estado de conservación del castillo es, junto a sus imponentes vistas desde sus torres, lo que más impresiona. 


www.castillodealmodovar.com

Tripadvisor

De vuelta a Sevilla lo único que quería era descansar y comer en casa. Me concedí algunos días de amanecer sin despertador y de desayunos tardíos. 
Vi una película italiana que me gustó: Perfetti sconosciuti. La película gira en torno a una cena en la que se reúnen siete amigos. Éstos deciden jugar a un juego arriesgado: poner sus teléfonos sobre la mesa y demostrar que no tienen nada que ocultar compartiendo con el resto los mensajes y las llamadas que reciban durante la velada. 


Leí Qué vegüenza, de la chilena Paulina Flores y me gustó. En este libro se recopilan nueve intensos relatos que permiten transitar por la intimidad de personajes tocados, rotos, marcados y se sumergen en la cotidianeidad de los mismos.



El estilo es cuidado y delicado. Lo que más me ha gustado es algo que todos los relatos comparten: las descripciones detalladas y la presentación del contexto, el tono y la construcción del mismo. 
Son nueve cuentos contundentes, bien escritos, sólidos y con personalidad en los que se presenta la vida misma y la vulnerabilidad. El paro, el abandono, la angustia y la ausencia están presentes en cada historia. Es un libro triste, de tristezas cotidianas que se convierten, finalmente, en bellas.

domingo, 18 de septiembre de 2016

Sevilla es un lugar especial

Agosto siempre llega y llegan, con él, sus fiestas; cualquiera que venga de vacaciones a España en pleno agosto, pensará que vivimos de fiesta en fiesta (y seguramente no se equivoque). Me encargué de disfrutarlas todo lo que no había podido hacerlo el anterior verano.
Redescubrí Navarra y sus pueblos, con especial mención a Ujué y a su magia, sus noches frías en pleno verano,  sus casas de piedra y su maravilloso bar del pueblo con su deliciosa tostada de Ujué, su tortilla de patatas y su tan agradecida copa de vino.


In vino veritas




Vuelta a casa con parada en Pamplona volviendo a sucumbir ante su excelente gastronomía al paso. Atentos al dato: En el bar La Navarra comí una de las mejores tortillas de patata que he comido nunca. 

Les Festes de Gracia, que fueron en mi infancia las fiestas de mi barrio, me sorprendieron este año rodeada de turistas, de oleadas de gente, cerveza, más gente y calles cada vez más perfectas, quizá algo alejadas del recuerdo que conservo de mis paseos por esas calles cuando todavía iba de la mano de mis padres. ¿Mi favorita de este año? La calle dedicada a Julio Verne.

Y me escapé al Rototom, el festival de música reggae de Benicasim. Era mi primera vez allí y, aunque solo estuve un día y no me quedé a dormir, me pareció una ma-ra-vi-lla. Me encantó.

Cuando me quise dar cuenta estaba haciendo la maleta para irme a Sevilla. Sevilla es uno de mis destinos favoritos; es una ciudad que me encanta, que siempre me ha fascinado. Siempre he deseado vivir en esa ciudad y por fin mi sueño se hacía realidad: estaba haciendo la maleta para mudarme a Sevilla.
Tenía una semana para buscar piso. Esos siete días vi más pisos de los que había visto en las anteriores veces que he buscado piso. Me desesperé, me emocioné, fantaseé, cambié 20 veces de presupuesto máximo hasta que encontré el piso más bonito que podría haber imaginado nunca.

Y, desde entonces, viví Sevilla. Comí, luché contra los 49 grados, tomé cañas, admiré (e intenté imitar) el acento de los Sevillanos, me maravillé viéndolos siempre tan elegantes y dije, repetí y volví a repetir ojalá me quede mucho tiempo en Sevilla”. También sucumbí a las propuestas culturales de la ciudad: los conciertos nocturnos en el Real Alcázar, las propuestas de flamenco en los bares de la ciudad, las rutas temáticas por los barrios

Y lo mejor de mis primeros días en Sevilla: volví a leer durante horas. Volví a tener tiempo. Leí mucho y lo disfruté como pocas veces lo había disfrutado antes. En estas dos semanas he leído dos libros que me han gustado mucho, los dos muy distintos entre ellos. El primero es Ante todo no hagas daño de Henry Marsh quien, a punto de poner fin a una carrera como neurocirujano que le ha traído éxito y reconocimiento, hace un repaso por lo que esta profesión ha supuesto para él. Con Marsh aprendí que lo difícil para un neurocirujano es tomar la decisión de operar o no operar y vivir con las consecuencias. Marsh reflexiona sobre sus errores, sobre sus horas en el hospital y sobre la importancia de elegir las palabras indicadas para hablar tanto con los pacientes como con los familiares de éstos. Además critica, cuando es necesario, el sistema sanitario británico. Es un libro valiente y sincero que exige una lectura adictiva.


"Una de las verdades dolorosas de la neurocirugía es que, en los casos que son muy difíciles, uno solo llega a ser bueno si practica muchísimo, pero ello conlleva cometer muchos errores al principio y dejar un rastro de pacientes lesionados"

Cuando estaba por terminar Ante todo no hagas daño una amiga me recomendó un libro. Me dijo “solo llevo 60 páginas y ya me atrevo a recomendártelo” y eso fue suficiente para que recorriera las librerías sevillanas en busca del libro. Como no tuve suerte en las librerías, se me ocurrió buscarlo en la biblioteca y ¡bingo! El libro en cuestión es En lugar seguro, la última novela de Wallace Stegner traducida por Libros del Asteroide al español en 2009. La novela nos sumerge en la intimidad de dos parejas y nos muestra dos momentos muy distintos de sus vidas. Además, nos invita a presenciar el inicio de un vínculo que los años, las vivencias y el amor fortalecerían con el tiempo. En lugar seguro hace de lo cotidiano y simple algo maravilloso.



Por último, quiero aplaudir a JotDown, a la Librería ExtraVagante y al CICUS por haber organizado en Sevilla una fiesta cultural por todo lo alto (y en el mejor lugar posible): el BOOKSTOCK


Jenn Díaz, Raquel Vicedo (editora de Sexto Piso) y Pablo Mazo (editor de Salto de Página) en la charla "Exportar / Importar la literatura"
El patio del CICUS se ha llenado durante dos días de libros, de música, de encuentros, de charlas y ha habido también lugar para charlas y talleres. ¿Lo mejor? que todavía queda un día de Bookstock así que ¡allá vamos! 

jueves, 4 de agosto de 2016

Pequeñas grandes cosas #3

No me puedo creer lo que me grita el calendario: hoy es cuatro de agosto.
Últimamente tengo la sensación de que el tiempo se me escapa y aunque el paso del tiempo nunca ha sido una de mis grandes preocupaciones, mi pérdida de memoria sí que lo es. Me da pena, rabia y mucha tristeza no acordarme de algunas cosas que en su momento fueron importantes, emocionantes y que pensé que jamás olvidaría. Por eso, retomo una sección (me he sentido lo más escribiendo "sección") que en algún momento empecé en el blog. Volcaré aquí algunos de mis placeres mensuales, con la ilusión de que dentro de un tiempo esto me sirva de recordatorio.

Aquí van mis Pequeñas grandes cosas de julio de 2016:



  • Epistolario (tomo 4), Julio Cortázar.
Me chiflan los epistolarios y me encanta Julio Cortázar, lo que convierte a este libro en la compañía perfecta. Solo he leído el tomo 4 (sí, empecé por el 4 y son 5 en total): ahora iré a por los demás.
Gracias al epistolario uno se puede acercar a la gestación de sus obras célebres con las dudas, la incertidumbre, la alegría y el entusiasmo con que Cortázar las enfrentaba. El epistolario permite asomarse para ver al Cortázar íntimo, al ideológico, al combativo, al trabajador, al cariñoso y, además, con la fresca peculiaridad de permitirnos espiar cómo era su relación con sus más íntimos amigos.
                                                                                                    

     

  • Loco por emprender, Linda Rottenberg.
No suelo acercarme a este tipo de libros, pero éste se acercó a mí. No sé si para quien quiera emprender sea EL LIBRO pero, sin duda, es entretenido. El "tengo una empresa / un proyecto / un emprendimiento" es hoy el ya antiguo "tengo una banda", así que está bien saber de qué va todo esto. Lo que más me gusta del libro es la cantidad de historias, anécdotas y ejemplos que se presentan, más que los pasos imprescindibles que se proponen para que un emprendimiento marche bien

                              

  • El concierto del 70 aniversario del Método Suzuki en el Palau de la Música Catalana.
A partir la creencia de que el talento no es innato, sino que se educa, Shin'ichi Suzuki impulsó el su propio método. Suzuki observó la facilidad con que los niños aprenden a hablar su idioma materno y llegó a la conclusión de que si se aplicaba el mismo método de enseñanza en otros campos del conocimiento, los niños podrían conseguir, como mínimo, el nivel de excelencia del habla. El Método Suzuki se centra en la música: es la adaptación del aprendizaje y desarrollo de una lengua al aprendizaje musical.
Mi hermana de seis años cantó ese día con otro niño y yo sigo emocionada.

  • Peaky Blinders
He vuelto a caer: vuelvo a ver series, me vuelvo a acostar tarde y vuelvo a decir "éste será el último y me voy a dormir" aunque no me lo crea ni yo. La culpa de todo lo tiene la serie Peaky Blinders. Me encanta. He visto la temporada 1 y 2 por Netflix y necesito que suban la tercera ya.




  • Flavita Banana
El otro día hablaba con mi amiga Paula y le rogaba, una vez más, que publicara sus dibujos en Internet porque no se podían quedan en esa libreta que lleva para todos lados. Mientras yo le repetía por enésima vez lo mucho que me gusta lo que hace, ella me desvió el tema preguntándome: "¿sabes a mí quién me encanta? Flavita Banana". La busqué, la empecé a seguir por Instagram, le di like compulsivamente a todo, y lo que más me gustó es lo que Paula me destacó de ella: tiene mucha inteligencia para elegir los pies de foto, para buscar la armonía entre la ilustración y la frase que la acompaña.  




 Una foto publicada por @flavitabanana el


Después de ver esta foto, lo único que quiero es irme de cañas con ella, jajaja

Una foto publicada por @flavitabanana el


Ojalá paséis muy buen verano, con mucha playa, poco trabajo, buena música, días eternos, buenos besos, grandes momentos, largas caminatas, y ojalá que vuestra cerveza siempre esté bien fría.

 Hoy suena muy fuerte: Pedres als avions - Oques grasses

jueves, 21 de julio de 2016

Ojalá

Ojalá no hubiera dejado nunca de dibujar manos con seis dedos, princesas calvas y casas fantásticas de mil pisos. Ojalá parte de mi creatividad, de mi imaginación y de mi mente soñadora me hubiera acompañado unos años más y no hubiera quedado limitada a mi infancia.
Ojalá aquel profesor de castellano del instituto no me hubiera puesto un 3 en la redacción de la cual yo estaba tan orgullosa. Ojalá no hubiera tenido que escuchar nunca su argumento: “eres demasiado creativa y estás aquí para aprender”.
Ojalá aquel novio no hubiera confundido mis pilares para que una relación funcione –compañerismo, sinceridad, confianza, dinamismo y creatividad– con estupidez. Ojalá no me hubiera arrebatado parte de mi inocencia enseñándome que se puede mentir en la cara.
Ojalá nunca me hubieran juzgado injustamente por cómo vestía, por cómo iba peinada o por el tono de mi voz. Ojalá lo hubieran hecho por cosas que me hubieran escuchado decir y no por mi aspecto. Ojalá no lo hubiera hecho yo con los demás. Ojalá no hubiera criticado a nadie; ojalá no hubiera estado tan aburrida como para hacerlo.
Ojalá no hubiera, tantas veces en la adolescencia, imitado a los demás. Ojalá no hubiera necesitado tantas veces la mirada de aprobación de los demás. Ojalá no me hubiera puesto límites.

                                                                            ***

Ojalá me hubiera atrevido a decir “no” y ojalá hubiera dicho “sí” en más ocasiones; ojalá hubiera aprendido antes a dejarme llevar. Ojalá nunca hubiera dicho “ojalá” lamentándome; ojalá hubiera agradecido a tiempo cada enseñanza.
Ojalá me hubiera dado cuenta antes de que no soy las etiquetas, los filtros, los prejuicios y las inseguridades que los demás volcaron en mí y contra mí: soy todo lo demás, soy lo que depende de mí, soy la respuesta que doy y con la sonrisa que respondo. Soy el orgullo por esa redacción de instituto y no la nota que obtuve. Soy una mujer que sigue buscando compañerismo, sinceridad, confianza, dinamismo y creatividad en una pareja. Soy la hermana que nunca limita, corrige ni cuestiona la creatividad, la imaginación y la visión del mundo de una niña de 6 años. Soy la que siente miedo todavía cuando la miran con desaprobación, pero soy la que más segura se siente con la imagen que me devuelve el espejo a diario: me gusta cómo me apruebo, cómo me atrevo y cómo me pongo a prueba, cómo me río, cómo aprendo y, sobre todo, cómo me divierto en el camino.

jueves, 26 de mayo de 2016

Queda vida por sentir


Hoy es jueves y repetirá, un día más, la jornada; será un calco de todas sus jornadas desde que ella se fue. 
El despertador sonará a las siete y media de la mañana aunque no hará falta: él habrá abierto sus ojos algunos minutos antes. Aun así, no saldrá de la cama hasta que escuche el sonido, cada vez más inaudible, del despertador. Encenderá la vieja radio antes que nada; después se aseará y se reconciliará con la imagen que le devuelva el espejo. El diario lo estará esperando en la alfombrilla de entrada; lo leerá, no sin antes tomar las seis o siete pastillas con las que debe empezar el día para funcionar. 
Seguirá con el diario algún rato más. Después retomará alguna lectura sentado en la butaca situada enfrente al enorme ventanal y si  hay trámites para hacer o cuentas para pagar, saldrá a la calle y los hará. Sea donde sea que deba hacer el trámite, se deberá enfrentar con la burocracia y las vueltas, no sin antes aceptar el turno de la joven que masca chicle y lo deja pasar delante de ella; él contestará “gracias, señorita” y esbozará una sonrisa que le marque todavía más las arrugas.
Saldrá de nuevo de casa, con su infaltable boina, y se dirigirá al bar donde come todos los mediodías. Si esa mañana no ha hecho ningún trámite, la charla con el camarero será lo primero que salga de su boca ese día. La charla será amigable y el camarero no preguntará sobre su elección porque comerá lo mismo que todos los jueves. Mientras coma se chocará con alguna mirada compasiva; la ignorará y seguirá disfrutando de su pollo y de su flan casero.
De vuelta a la calle, cruzará temeroso el paso de cebra. Pisará siempre fuerte y seguro y se alejará, siempre que pueda, del mar de gente que camina con el piloto automático. Verá a muchos tecleando con sus teléfonos. Sentirá el calor del sol y la brisa cálida en la cara: parece que en unos días podrá guardar el abrigo hasta el próximo invierno. Se acerca el otoño y le dará por pensar en la ciudad bañada de los colores de esa pintoresca estación: eso hará que sus arrugas y su boca vuelvan a sonreír. También sonreirá su corazón todavía joven.
Pasará su tarde leyendo, mirado por la ventana, escuchando música, charlando con sus hijos por teléfono, terminando de leer algunas cosas del diario antes de deshacerse de él, recordándola, dando un paseo, pensando, sonriendo, frunciendo el ceño…
Se irá a dormir a las diez después de haber visto el informativo y de haber cenado en casa. Disfrutará de cada sorbo del vino de esa copa y se sorprenderá al disfrutar tanto un sabor tan cotidiano, tan puntual, tan noble. 
A las diez y cinco su cuerpo se irá entregando a la comodidad de esa cama individual. Agradecerá. Se sentirá feliz, un día más, por estar vivo. Su vida parecerá rutinaria, insulsa y aburrida para los ojos de muchos, pero para él, repetir a diario las cosas que más le gusta hacer, será un regalo. Quizá habrá vivido mucho en estos ochenta y tres años, pero todavía le queda mucho por sentir.

jueves, 19 de mayo de 2016

Tú no eres tú

Tú no eres tú.

Eres la brisa que nos separa, el espacio que queda entre los dos cuando nos abrazamos: la libertad de la elección, las ganas de volver. No eres el azul de tus ojos. Eres la inmensidad del mar, la inmensidad de tu generosidad. 
No eres la atención y el trato amable que le dedicas a quien te sirve el café, sino tus ojos tristes al pensar que pueda haber alguien que ignore a quien pide comida o no se digne a mirar a los ojos a quien le entrega ese café humeante. 
Tú no eres suerte ni casualidades. Si una paloma decide manchar un abrigo, elegirá el tuyo y si llueve, lloverá el día que salgas sin paraguas y estés caminando por la ciudad. Eres, en cambio, esfuerzo y trabajo. No recoges premios porque estás recogiendo frutos.
Eres música y tu melodía va desde el primer ojalá de Silvio hasta tus ojos emocionados al escuchar a aquel violinista tocar en el rastro de Madrid, pasando por tu guitarra tocando esa canción. No aceptas la música de los halagos porque te brota la timidez de cuando eras niño: bajas la cabeza y te pones serio... aunque, cada tanto, sonríes nervioso.

Tú no eres tú porque conocerte es vivirte y vivirte es entender que con ser bueno no basta, que ser generoso implica mucho más que simplemente dar y que para mantener vivo el amor, el amor nunca puede ser el único motor.

lunes, 25 de abril de 2016

Ese perfume tan característico

El tiempo es destructor como un bombardeo
 Patrick Modiano

Allí estabas tú. Nervioso, agitado, incoherente y puntual. Pensando en lo que se iba y en lo poco que podías recuperar, en lo poco a lo que podías aferrarte.
Allí estabas tú sabiendo que tu pasado con más futuro pero con menos esperanza se iba. Eras puntual y aun así se te escapaba el tren. Otra vez.




Allí estaba él. Con una sonrisa sincera y un par de hoyuelos. Con las manos llenas de cayos y un par de rasguños. Entre orquídeas, rosas y margaritas. Entre ese perfume tan característico que comparten el amor, las flores de perdón y los hogares felices. Allí estaba él, pudiendo darle con toda su existencia trágica, trabajadora y ejemplar, un poco de esperanza con olor a rosa a tu existencia vacía con apariencia de ganadora, a tu soledad disfrazada de amor.

Un amor que se iba y que no podías retener. Aunque tenías tiempo y eras puntual era ya demasiado tarde.

miércoles, 6 de abril de 2016

En este año he ganado muchos años.

"Ya hace un año que lo entregaste y todavía no lo he leído" me dijo el otro día mi chico, mientras hablábamos de mi trabajo de fin de carrera. ¿Un año? ¿Hace ya un año? Pues sí: ya hace casi un año que terminé la carrera universitaria.
Un año atrás cuando miraba a mi alrededor encontraba a mis compañeros de filología hispánica con las ideas claras: "yo estudiaré este máster porque quiero ser editor", "yo haré un máster de periodismo porque quiero trabajar en prensa", "yo quiero ser profesor, así que haré el CAP y después me prepararé las oposiciones", "uy, pues yo quiero enseñar español para extranjeros", "yo haré oposiciones porque quiero un trabajo fijo que me garantice estabilidad laboral y económica". La gran mayoría se había trazado un camino imaginario en su cabeza con una meta clara y alcanzable a base de esfuerzo, estudio y dedicación. Me daba mucha envidia.



Yo en ese momento no tenía ni idea ni cuál era mi meta, ni cuáles eran mis objetivos a corto plazo, ni para qué debía esforzarme.  ¿Quería hacer un máster? ¿Quería ser profesora? ¿Quería dar clases particulares? ¿Quería buscar trabajo en el mundo editorial? ¿Qué me había gustado de la carrera?¿Seguiría haciendo correcciones toda la vida? ¿tenía "lo que se tiene que tener" para enfrentarme a una clase llena de alumnos? No tenía ni idea. Me encontré en el mismo lugar en el que estuve parada cuando terminé el bachillerato: perdida, sin saber qué elegir y sin tener claro cuáles eran las opciones.

   

Cuando terminé bachillerato y me encontré en esa situación dejé que la corriente me llevara; fue así como terminé delante de una universidad con la carpeta bajo el brazo. Cuando tuve que elegir la carrera no lo decidí pensando en las salidas laborales: pensé en elegir algo que me interesara lo suficiente como para pasarme cuatro años estudiándolo. Así fue como estudié filología hispánica.
Cuando terminé la carrera me sentí perdida de nuevo, pero esa vez fue distinto. De nuevo no sabía cuáles eran las opciones, pero en esa ocasión sentí que debía probar alternativas laborales, que debía vivir distintas experiencias para saber qué quería; supe que debía dejar de seguir la corriente y que no pisaría de nuevo una universidad a menos que sintiera motivación, interés, entusiasmo y ganas de entender, aprender y sobre todo de analizar.
Trabajar este tiempo, mudarme a otro país, vivir lejos de mi familia, adaptarme a otra cultura y a otra realidad me ha ayudado a darme cuenta de que lo que necesitaba este año era exactamente lo que he vivido, lo que me ha pasado y de la manera en la que ha pasado. Hace un año no lo supe, pero necesitaba todo este tiempo y todo lo que ha pasado en él para seguir sin tener claro qué es lo que quiero para mi futuro. Ahora la duda no me incomoda y el no tener una meta clara no me desespera: me siento capaz y con ganas de disfrutar del camino, porque lo que he vivido hasta aquí me ha enriquecido mucho más que años y años entre libros y apuntes.
Me ha costado mucho dejarme de preguntar "¿habré perdido un año?" por no haber hecho un máster al salir de la carrera, por haber empezado a trabajar en algo que no quiero hacer para siempre. Hoy tengo claro que los años no "se pierden" por buscar un camino alternativo al del resto y que "perder años" solo se logra siguiendo un camino que no es el tuyo, un camino que has emprendido, únicamente, porque "es lo que todos hacen". En este año he ganado muchos años, he ganado vida.

martes, 26 de enero de 2016

Ocurre cada tanto

Es complicado, pero ocurre cada tanto.
Encuentro un libro que necesito leer lento, casi con cuentagotas, encuentro un libro que necesito disfrutar; un libro que me exige la concentración suficiente como para ser consciente del tacto de cada hoja, de la melodía de cada palabra. Cada tanto caen en mis manos un puñado de páginas atrapantes, fascinantes que activan mi ritual de lectura: un buen té, sofá, libro y soledad. También activan el silencio.
Cada tanto la vida es así de justa. Cada tanto, además, me siento arropada por lecturas como esta:


                    

Hoy suena: si tu vois ma mère - Sydney Bechet

miércoles, 16 de diciembre de 2015

Elecciones diarias

Te doy mi voz para que te quedes en silencio.
Mi fortaleza para que tiembles.
Mi carcajada para que llores.
Mi mano para que me sueltes.
Mis pasos para que te detengas.
Mi memoria para que olvides.

Te regalo y te recuerdo la libertad de elegir.
También, el agradecimiento por permitir que tus elecciones nos dejen siempre a milímetros de distancia.